
Ya se acerca la Semana Santa y en mi parroquia comienzan las prisas. Preparar los trajes de la cofradía, las cosas para el monumento, preparar via crucis, la hora santa, los oficios...y los sacerdotes repartiendo las horas de confesionario.
Uno se queja, el otro con cara de resignación. Pero hay uno que sonríe pícaramente en silencio.
Llega todos los días a las 5:30, saluda tímidamente, busca su alba y con toda la ternura de la que es capaz besa la Cruz de la estola morada y se la coloca cuidadosamente. Toma la vieja Biblia que le acompaña desde el primer año de seminario, y se dirige al confesionario del que solo saldrá cuando se haya cerrado la Iglesia. A él no le importa que en estos días hay mas trabajo, "administrar el perdón de Dios a un alma es lo mejor de ser cura" suele decir. Nunca le he oído quejarse ni de la Señora X que por lo que los otros dicen es muy pesada, ni de aburrido que es, ni de las inocentes confesiones de los niños.
El otro día me pidió que lo llevara a un pueblo cercano, me dijo que iba a ir a confesar. Inocente de mi no puede descubrir que la que se iba a confesar era yo.
Al llegar al pueblo insistí en tomar un café. Al entrar la camarera le conocía: "¿Se te ha estropeado el coche? No se como te sigue funcionando el truco" Al preguntar cual era el truco, él sonrió y ella se echo a reír. "vamos a la iglesia".
Al salir del bar me disparo, ¿quieres que hablemos?. Intentando escapar le dije que no tenía nada que contar. Entonces hablaré yo, sentenció. Me hablo del dolor de mi alma, sanó viejas cicatrices que yo nunca le había contado. La jornada terminó con una buena dosis de Esperanza y una absolución.
